edificación

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Una de las muchas peculiaridades que hacen universalmente única nuestra profesión es la nuestra de nuestro trabajo, la presencia física que durante muchos años queda de él. Los edificios que construimos y que permanecen en las ciudades en las que los hicimos nos hacen recordar su fábrica cada vez que pasamos por delante, o cada vez que en una conversación nos referimos a ellos como obras nuestras, además de evocarnos la época en la que fueron hechas. Nuestras obras son memoria pues, para nosotros y para todos los que las ven, para todos las que las utilizan, para todos las que viven en ellas. Recordamos las fechas en función del edificio que estábamos construyendo: el 23-F, los juegos de Barcelona, el 11-S,... o quizás fechas importantes en nuestro ámbito particular: nuestra boda, el nacimiento de un hijo,... Estos y otros hechos vienen a nuestra memoria unidos en el tiempo al trabajo que desarrollábamos a la sazón, y en muchos casos ayudan a centrarnos mejor en un determinado recuerdo, puesto que, ante una eventual duda, de lo que sí estamos seguros es del año en el que aquel edificio se construyó, tal es la necesaria intensidad de nuestra dedicación al trabajo. Además, aquel edificio ahora es el lugar de trabajo de alguien que acude todas las mañanas puntualmente y cada vez que piensa en él o habla de él dice odiarlo, y que sin embargo, dos plantas más abajo en otro despacho sirve para que desarrolle con plenitud su trabajo alguien, y por tal, lo ame. Edificios donde nacemos, donde estudiamos, donde aprendemos a amar, donde nos divertimos, donde hacemos deporte, donde trabajamos, donde comemos, donde compramos, donde pasamos las vacaciones, donde sufrimos, donde creamos una familia, donde ponemos las ilusiones de una vida,... donde morimos. Los edificios que hacemos significan para nosotros lo mismo que para el resto de la humanidad, el principal paisaje, exterior e interior, de su mundo. Así, queramos o no, seamos o no conscientes de ello, repercute nuestro trabajo, en nosotros y en el mundo, por eso hemos de afrontarlo de una manera muy especial, por eso hemos de darle una profundidad que merezca compararse con la formidable dimensión de su trascendencia.
El sentido de empezar a separa edificación de otros conceptos, lo encontramos en el apartado de construcción, de esta misma página, tras la revolución que supuso el renacimiento, los conceptos construcción, edificación y arquitectura, que en muchos aspectos son sinónimos, tienen sin embargo acepciones diferentes, que responden a las distintas facetas de su significado, en función básicamente del punto de vista que se adopte, de los profesionales que intervienen, de los aspectos legales y de los aspectos organizativos de las empresas y organismos que intervienen.
Si desde el punto de vista de la arquitectura la edificación es la ejecución material de ésta, con respecto a la construcción podemos diferenciar en España fundamentalmente dos ramas: la propia edificación y la "obra civil", que, con elementos comunes (muchos más de los que se aprecian, permitidme la expresión, "a simple vista"), empiezan a diverger desde el mismo momento en que los profesionales se especializan. He aquí que las competencias profesionales de los técnicos de la edificación se empezaron a separar de los técnicos que intervenían en las obras civiles, es decir la arquitectura de la ingeniería. En España se funda la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1752, de la que fue primer director el arquitecto Ventura Rodríguez (1717-1785), y en la que se graduaban los arquitectos y también los aparejadores; también la Academia de las Tres Nobles Artes de Sevilla en 1757, con los mismos criterios, siendo incluso directores de la misma los aparejadores José Martín Aldehuela (+1802) y Lucas Cintora (1732-1800). Posteriormente y siguiendo el ejemplo francés de L’Ecole des Ponts et Chaussées (1733) de la que fue primer director Jean-Rodolphe Perronet, Agustín de Betancourt y Molina (1758-1824) fundó la Escuela de Ingenieros de Madrid, después fundaría el Colegio de Ingenieros de Caminos. Este insigne ingeniero canario también fundó la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo (Rusia), ciudad en la que terminó sus días. A partir del siglo XIX y en el XX, en España se van conformado y desarrollando los diferentes estudios académicos, que poco a poco van pasando a las universidades, al tiempo que se delimitan las competencias profesionales de cada especialidad. La separación de competencias profesionales y la especialización no supuso que las distintas facetas de la construcción se separen de forma absoluta. La construcción, en sus distintas ramas, está y ha estado siempre relacionada, y en este sentido no es desdeñable en absoluto la aportación de los ingenieros de caminos a la edificación en España, contando entre estos profesionales con personas tan ilustres como el barcelonés Ildefons Cerdá (1815-1876), el más destacado urbanista español —junto con el arquitecto madrileño Arturo Soria (1844-1920)—, artífice de uno de los más innovadores proyectos urbanísticos: el ensanche de Barcelona, conocido como Plan Cerdá, que presentó en 1859 y fue dura e injustamente criticado, sobre todo por algunos arquitectos de la época, como diría la necrológica del diario La Imprenta en su edición del 23 de agosto de 1876, dos días después de la muerte de Cerdá, tomando los baños sin saber que padecía una afección cardiaca: “El Señor Cerdá era liberal y tenía talento, dos circunstancias que en España perjudican y suelen crear muchos enemigos”. El Plan Cerdá, por causa de la especulación no fue respetado en su totalidad en cuanto a los volúmenes a edificar; conserva eso sí, el trazado racional de las calles con esquinas achaflanadas que podemos contemplar en la lápida de la tumba del autor, como curiosidad, o bien simplemente paseando por el ensanche barcelonés. Otro ejemplo insigne es Eduardo Torroja Miret (1899-1961), uno de los mayores especialistas en hormigón armado de su época a escala internacional, y el primero en utilizar el hormigón pretensado en nuestro país en el año 1926, en el acueducto de Tempul, Jerez de la Frontera (Cádiz), le debemos sobre todo los logros en el campo de la investigación en esta materia, así como obras tan innovadoras como el mercado de Algeciras o el hipódromo de la Zarzuela.
Los ingenieros, de los que empezamos a saber que reciben este nombre en nuestro país a finales del siglo XVI, en textos como por ejemplo el atribuido a Turriano cuando el autor se refiere a los architectos, y hoy dia de los que el vulgo llama yngenieros y por mejor decir de los que se hazen llamar ingenieros…, son profesionales que han aportado mucho a la edificación en España, aunque en realidad su aportación hay que buscarla fundamentalmente en el campo de la empresa constructora, hasta tal punto que hoy día en España no se concibe una gran empresa constructora que no esté regida por ingenieros de caminos. A partir de la segunda mitad del siglo XIX y sobre todo en el siglo XX, son los ingenieros de caminos los que mayoritariamente crean y ocupan los puestos directivos en las empresas, tanto puramente constructoras como las que desarrollan tecnología y productos para la construcción, siendo especialmente importante las que se dedican a la gran y nueva tecnología sin la cual no se entiende la construcción del siglo XX: el hormigón armado. Basando la construcción en este sistema innovador el ingeniero José Nicoláu y Sabater y más tarde el ingeniero Francesc Macià i Llusà (1859-1933) —conocido fundamentalmente por ser el primer presidente de la Generalitat de Calaluña—, construyen traviesas de ferrocarril de hormigón, aunque la primera empresa la funda Claudio Durán i Ventosa (+1926) —que era arquitecto, y por tanto una excepción en el mundo de la empresa constructora en España— y se denomina “Construcciones Sistema Monier de Cemento y Hierro” —el nombre Monier viene de Joseph Monier (1823-1906), que fue un jardinero francés, el primero en patentar el hormigón armado en 1864 y lo hizo para construir maceteros—; al igual que a partir de 1898, la empresa del ingeniero de caminos José Eugenio Ribera Dutaste (1864-1936), quien lo hizo con la patente del ingeniero francés François Hennebique (1843-1921), que utilizaba armaduras planas y láminas de acero de metal deployé. (Curiosamente este sistema —metal déployé o chapa desplegada como única armadura para el hormigón—, casi en desuso, fue propuesto por el autor de este sitio web, y aceptado, para construir la estructura del Pabellón de la Comunidad Valenciana para la Exposición Universal de Sevilla (1991), y construido de acuerdo con el Proyecto del arquitecto valenciano Emilio Giménez Julián).
Las modernas y grandes empresas constructoras españolas se fundan en la primera mitad del siglo XX, y podemos considerar que su historia comienza aun el siglo XIX, con la fundación en Barcelona de la empresa Fomento de Obras y Construcciones, en el año 1900; en 1911 se crea en Vizcaya, la Sociedad General de Obras y Construcciones, Obrascon; la constructora MZOV, tiene su origen en 1916, como empresa concesionaria de las obras del ferrocarril Medina del Campo-Zamora-Orense-Vigo —en 1978 se fusionó con Cubiertas y Tejados, S.A. dando lugar a Cubiertas y MZOV—; en 1926, el ingeniero y banquero José Maria Aguirre Gonzalo (1897-1988) fundó Agromán en colaboración con el también ingeniero Alejandro San Román, ambos con la experiencia de las obras del Metro de Madrid; en 1927 se crea en Pamplona, Huarte; en 1928 Vías y Construcciones, S.A., empresas especializada en ferrocarriles; En 1931 Entrecanales y Távora, S.A.; en 1935 Sociedad Anónima Trabajos y Obras, SATO, especialista en obras marítimas y portuarias; también con origen en obras portuarias, se crea en Cádiz Dragados y Construcciones, en 1941; en 1944 comienza su actividad la empresa Construcciones y Contratas; en 1951, el ingeniero Rafael del Pino Moreno, constituye Ferrovial; y en 1963, en grupo británico John Laing Ltd., creado en 1813 por el maestro de obras James Laing (1816-1882), instaura en España su filial Laing, S.A.
En la década de 1990, siguiendo la tendencia del resto de sectores empresariales, las empresas constructoras se tienden a unir, ya sea por fusión o por absorción, en macroempresas en las que la construcción no es el único negocio. De esta forma se crean los grandes grupos de construcción españoles cuya actividad no sólo se centra en el territorio nacional, ya que todos tienen una gran presencia en el extranjero, sobre todo en Hispanoamérica, África, Medio y Extremo Oriente. Como ejemplo citaremos que en 1992 Construcciones y Contratas, S.A. y Fomento de Obras y Construcciones forman el grupo FCC; en 1993 Ocisa y Construcciones Padrós, S.A., forman OCP, que en 1997 junto con Auxini y Ginés Navarro formarán la gran empresa Actividades de Construcción y Servicios, S.A., ACS, que a la postre absorberá a Dragados y Construcciones, S.A; y en 1995 Ferrovial adquiere Agromán; en 1998, tres de las empresas más dinámicas del sector, Obrascon, Huarte y Lain, S.A. —no exactamente Laing, S.A., ya que John Laing Limited vendió la filial española a un grupo financiero español en 1989, cambiando ligeramente su razón social—, forman el grupo OHL .
El mundo de la empresa constructora parece disociado, como hemos dicho ya desde el Renacimiento, de la personalidad de los arquitectos, quienes, sin embargo, por su lado, toman la responsabilidad como autores y directores de las obras, estando a la cabeza de equipos formados por arquitectos o distintos profesionales, configurando una profesión con una sólida formación académica en la actualidad así como de gran prestigio social. Cabe destacar, en España, además de los ya mencionados a Antonio Gaudí (1852-1926): autor del Templo de la Sagrada Familia —obra aún inacabada— y el Parque Güell en Barcelona o el Palacio Episcopal de Astorga (León); José Antonio Coderch (1913-1984) Edificio Trade en la Diagonal de Barcelona; Francisco Javier Sáenz de Oiza (1918-2000): Edificio Torresblancas en Madrid o Banco de Bilbao en Azca, Madrid, Rafael de la Hoz (1924-2000) Viviendas para el Ejército, Córdoba o Sede central de Cajasur, Córdoba; así como a los contemporáneos Rafael Moneo, Santiago Calatrava y Javier Pioz. Todos ellos son arquitectos que no solamente que están el la elite de la arquitectura universal, sino en la propia elite de los artistas e intelectuales. En la actualidad, la Ley de Ordenación de la Edificación (LOE), define tanto la edificación como concepto jurídico como los agentes que intervienen el ella así como sus responsabilidades; son agentes de la edificación, dice la LOE, Todas las personas, físicas o jurídicas, que intervienen en el proceso de la edificación, y son: el promotor; el proyectista; el constructor —y al jefe de obra—; el director de la obra; el director de la ejecución de la obra; las entidades y los laboratorios de control de calidad de la edificación; los suministradores de productos; los propietarios y usuarios; y el coordinador de seguridad y salud. Todos ellos, entidades o personas, los vamos a analizar a continuación. Los progresos propios de la Revolución Industrial, con la aportación fundamental del hierro como material de construcción, las aplicaciones de los descubrimientos científicos a la construcción, como los de sistemas de representación del matemático francés Gaspard Monge (1746-1818), creador de la geometría descriptiva y autor de sistemas de medición sobre todo de movimientos de tierras; el crecimiento y notable desarrollo de las infraestructuras de transportes, la navegación, el ferrocarril, el desarrollo de tecnologías como el acero, el hormigón armado, el vidrio, etc., así como todos los desarrollos en la organización empresarial, influyen primero en la creación de las modernas empresas constructoras, así como en los diferentes sistemas constructivos. Estas modernas técnicas hacen que desde el siglo XIX no nos sorprendan las posibilidades de lo que se puede construir.
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