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construcción

 

 

Modelar y conformar los materiales que nos proporciona la naturaleza para levantar edificios, erigir catedrales o tender puentes, colaborando con numerosos equipos humanos y manejando complejos ingenios, son de las pocas actividades del hombre en las que se establece una plena y singular colaboración entre el trabajo intelectual y manual, armónica y libremente, casi definitoria de su esencia misma. Los que percibimos esa sensación desde que jugábamos a construir ya desde niños, sabemos que el desarrollo de esta labor no es más que un intento de revestir de profesionalidad una necesidad atávica, que ocupa un sitio único en nuestra vida, y que nos permite dejar para el futuro la mejor memoria de nuestros días, como nos la dejaron a su vez quienes nos enseñaron el oficio.

 

 

            "No todos los sabios son constructores, pero los buenos constructores son siempre sabios" (Tomás Álter). Realmente estoy de acuerdo, cualquier constructor tiene importancia para mí, pero quiero aquí destacar a aquellos que han supuesto un momento especial a lo largo de la historia, a aquellos —arquitectos, aparejadores, maestros de obras, albañiles, alarifes, ingenieros, o como se hayan llamado a lo largo de la historia y de los distintos lenguajes de la humanidad— que han supuesto o son ejemplo de un momento singular en la historia de la construcción, de forma que su trabajo, su obra, sea algo ameno —realmente lo es— e interesante de conocer.

            A menudo suelo decir a mis colaboradores que nuestro trabajo se divide en tres niveles: el primero lo forman todas aquellas cosas que hacemos y que todo el mundo puede ver y admirar. Pertenecen al segundo los trabajos que para ser apreciados en lo que valen necesitan el ojo de un especialista. El tercer nivel está compuesto por aquellos trabajos que sólo nosotros mismos, los que los hacemos, conocemos y sólo nosotros podemos saber que están realmente bien hechos, y estas son las únicas cosas importantes de nuestro trabajo.


            "Aunque los edificios de la antigüedad se han estudiado muchas veces desde el punto de vista de la arquitectura, conocemos todavía de manera muy vaga sus procedimientos constructivos" (Auguste Choisy). Debemos seguir investigando, aportando datos, estudiando... para aprender, para proyectar nuestros conocimientos en nuestras obras y para dar a conocer a todo aquel a quien pueda interesar un trabajo tan hermoso.


            Esta página, al igual que todo el sitio web, está dedicada a todos mis maestros, y en especial a mi padre, a los que me han enseñado la razón por la que hay que buscar la excelencia en nuestro oficio, y a todos los que la buscan.

 

 

el principio

 

La construcción es una necesidad primordial del ser humano inteligente, existen dudas sobre si lo primero que se construyó fue un lugar para habitar o un lugar para enterrar difuntos, pero ninguna sobre que el hombre no podía estar habitando permanente las cavernas, sobre todo porque no en todos los sitios del mundo hay cuevas.

 


            La construcción, el edificio como objeto no existió, hasta que el hombre abandonó la autoconstrucción, es decir al final del periodo Paleolítico, periodo de la prehistoria en el que podemos centrar que comenzó propiamente la construcción. Durante el Paleolítico, el ser humano era fundamentalmente nómada, habitando como sabemos en cuevas o en abrigos naturales, conformándose con ligeras tiendas hechas con materiales deleznables desde el punto de vista constructivo.
 

            La historia de la construcción está por escribir. Esto enlaza con las propias observaciones del ingeniero e historiador francés Auguste Choisy (1841-1919), autor de Historia de la Arquitectura (1899), que antes he citado y que, aún siendo el principal tratadista en este tema, destacó siempre lo poco que se conoce de los procedimientos y métodos, tanto constructivos como los sistemas organizativos de las corporaciones de constructores.

 

            Cuando el hombre abandonó el sistema de vida ambulatorio del periodo Paleolítico, dejó de recolectar los frutos de la naturaleza para cultivarlos, dejó de esperar a los animales o de ir en su persecución para cazarlos, para criarlos el mismo, se hizo, en definitiva sedentario, buscando los lugares en los que se instalaba, no ya por que tuvieran refugios naturales, como sus antepasados, sino porque ofreciesen las mejores condiciones de vida según sus necesidades. En hombre entonces empezó a construir, con sistemas elementales, sus propias viviendas, que eran más bien chozas o sencillas cabañas, ya que no disponía de herramientas ni del mínimo desarrollo tecnológico. Aun así, con los materiales más primarios como el barro o ramas y juncos, construyó sus primeras chozas. Una de las aldeas más antiguas de las que se tiene noticia es Jarmo, en Irak, excavada en el año 1948 por el arqueólogo Robert J. Braidwood (1097-2003) —el estadounidense Braidwwod fue un "Idiana Jones" real, y el hombre en el que está basado este célebre personaje cinematrográfico—, y en la que se encontraron restos de la utilización del barro apisonado para construir las paredes de las casas que datan del séptimo milenio a.C., también hay restos de construcciones similares en Jericó (Jordania) y en otras ciudades de oriente medio Tell Mureybet (Siria). El curioso prefijo tell, que nos encontramos en un gran número de ciudades de oriente medio, en árabe significa “montículo”, y deriva precisamente de los montículos sobre los cuales se edificaban las ciudades, que a su vez estaban formados por los restos de la ciudad anterior, construida en barro, y por tanto muy vulnerable a catástrofes naturales, como por ejemplo lluvias torrenciales, y el que se edificaran sobre estos montículos o colinas hacía que la nueva ciudad resistiera mejor las inundaciones. Los restos, por tanto, muestran que las primeras casas eran circulares, pasando después a ser rectangulares, lo que supone ya un cierta evolución, utilizando siempre estos materiales, y posteriormente la piedra y el tapial. Poco a poco se va desarrollando y evolucionando la sociedad, de forma que las casas van estando estructuradas en su conjunto, formando los primeros poblados. El hombre entra en lo que el arqueólogo australiano Vere Gordon Childe (1892-1957) denominó la revolución urbana, que se produce en el cuarto milenio a.C. En el tercer milenio comienza la metalurgia con la Edad del Bronce, así como el desarrollo tecnológico suficiente como para que evolucione la construcción de forma importante, llegando hasta nosotros datos provenientes sobre todo de las culturas del próximo Oriente, fundamentalmente de Egipto y Mesopotamia. 

 

 

 

egipto

 

La sociedad Egipcia estaba organizada con una gran diferenciación entre la clase dirigente y el pueblo llano, y la construcción de los grandes edificios, templos, palacios y monumentos funerarios, estaba dirigida por la aristocracia, a la que pertenecían los que elaboraban y revisaban los proyectos, siendo analfabetos tanto los artesanos como los propios obreros y estando completamente disociados de la clase dirigente. Ya se encarga el padre de la historia, Herodoto (c. 484-425 a.C.), de recordarnos lo poco que los egipcios estimaban el trabajo manual, extrayendo las siguientes reflexiones de un texto destinado a formar jóvenes escribas, comparando su futuro quehacer con lo penoso de ser obrero:


            “porque el albañil en Egipto soporta el dolor del látigo; siempre al aire libre,           expuesto al viento, trabaja vestido con un simple paño. En el taller no lleva            más que una cintura de loto que deja su detrás desnudo. Sus brazos se     bañan en arcilla, todos sus vestidos están manchados, y come su pan con los             dedos terrosos”.

 
            Sin embargo, los que llegaban a ser escribas y tenían un cargo de responsabilidad, como el propio de arquitecto, se comportaban con orgullo, dejando en muchos casos sus nombres grabados en las obras que dirigían.  Los trabajos de construcción en Egipto denotan que estaban ejecutados bajo un rígido sistema de tiranía, existiendo numerosos cautivos y refugiados y un número no tal alto de esclavos. Los campesinos pagaban sus impuestos trabajando en las grandes obras durante los obligados periodos de inactividad por inundaciones. Por lo que se conoce, las organizaciones o corporaciones de artesanos constructores no eran libres, sino que dependían de la poderosísima monarquía. Las canteras eran también monopolio del estado, los canteros eran artesanos que cobraban por su trabajo, el costoso transporte se solucionaba a base de esclavos, cautivos o campesinos. La vivienda común seguía siendo por lo general elemental, hecha a base de adobe o ladrillos cocidos al sol y cubiertas de materiales vegetales ligeros. El trabajo pues era poco valorado, ejecutado como pura obligación.

 


            En Egipto, como casi toda la historia, el gran promotor de las obras era el Estado, y los propios faraones. Los arquitectos en principio existían como tales, aunque no lo eran en exclusividad. Provenían siempre de la aristocracia, única clase ilustrada en Egipto, y eran los llamados escribas, que se ocupaban asimismo de la administración del estado, y sus criterios de diseño solían obedecer a motivos teológicos y tradicionales. En algunos casos los arquitectos egipcios llegaron a alcanzar la categoría de divinidades como el caso de Imhotep, arquitecto de Zoser (c. 2737-2717 a. C.), rey de la III Dinastía, qué fue además astrólogo, médico, científico, filósofo y primer ministro, —es decir, no era propiamente arquitecto—, quien construyó el conjunto de Saqqara; o Senenmut, arquitecto del templo de Dayr-el-Bahari, para la reina Hatshepsut (c. 1520-1483 a. C.) de la XVIII Dinastía. También en Egipto los constructores se agrupaban en corporaciones de organización gremial y endogámica, de artesanos u obreros especialistas, quienes realizaban las labores que requerían conocimiento del oficio, quedando los trabajos mas duros y pesados para el gran número de refugiados y esclavos que existían, así como también estacionalmente al grueso de los campesinos —fellahs—, durante los largos periodos de inundaciones del Nilo.

 
 
            A diferencia de las obras de Mesopotamia, en Egipto se observa una descuidada ejecución en la ejecución de las fábricas en sus detalles, lo que sin duda es fruto de la poca responsabilidad de sus obreros, que aun siendo especialistas estaban sometidos a la tiranía más cruel, y obligados a trabajar en su mayoría por la fuerza, y en cualquier caso en las condiciones arduas que ya hemos señalado.


 

 

mesopotamia

 

 

En Mesopotamia, civilización comparable en antigüedad a la egipcia, el arte de la construcción estaba muy jerarquizado y desarrollado, alcanzando ya una gran perfección. Hablar de la construcción en Mesopotamia es hablar de Gudea (c. 2144-2124 a. C.), soberano de Lagash, la actual Tell Al-Hiba, en Irak, que fue sin duda el más notable gobernante del periodo guti, bajo cuyo dominio Lagash atravesó una edad dorada, progresando en paz. Gudea, que era también sacerdote, es el más antiguo de los reyes caldeos de quien se conservan imágenes, en una de la veintena de estatuas suyas aparece representado como un arquitecto, extendiendo un plano sobre sus rodillas y sosteniendo en la mano el instrumento con la escala que permite su trazado, lo que indica la importancia social que esta profesión llegó a alcanzar, ya que el propio soberano hacía de arquitecto —tenemos su relato de cómo Dios le dijo, en sueños, cómo quería establecerse dándole también las instrucciones oportunas—. Hay noticia de que construyó al menos quince templos y reformó y embelleció otros tantos que ya existían. En el periodo de Gudea se aprendió a trabajar la diorita, —una piedra de gran dureza de la familia de las diotritas, compuesta de feldespato y hornablenda—, que era transportada desde el exterior.

 

            Hammurabi (c.1815 -1750 a. C.), quién reinó en Babilonia entre los años 1792 y 1750 a. C., fue el sexto miembro del linaje amorreo y que durante un largo periodo de guerras asumió en 1750 un vastísimo imperio. Hammurabi fue un gobernante  brillante y un gran trabajador, además de organizar con gran esmero y dedicación su imperio, redactó el primer tratado legal de la historia que ha llegado a nuestros días —sabemos que hay algunos anteriores, pero no nos han llegado—. Grabado en una estela de diorita azul de casi tres metros de altura que está actualmente en el Museo del Louvre de París,  —yo copié el texto precisamente allí, y no he podido encontrarlo en ningún otro sitio— el código recoge preceptos y costumbres antiguas. Nos fijamos en dos artículos que regulan la construcción, eso sí, con la misma dureza y criterios que el resto de actividades y relaciones humanas, los artículos 299 y 300, que dicen así:

 

“Si un albañil ha construido una casa para alguien pero no ha reforzado su obra y la casa que ha construido se ha derrumbado provocando la muerte del propietario de la casa, se matará a este albañil. Si es a un hijo del propietario de la casa al que ha provocado la muerte, se matará al hijo de este albañil”.

 

Los constructores tenían una gran responsabilidad de su trabajo —la lectura del Código de Hammurabi hace que esto se comprenda—, comparable a la de la importancia e incluso el prestigio de su profesión, cuyo trabajo no solamente estaba remunerado como un simple esfuerzo físico. En la obras mesopotámicas un grandísimo esmero y cuidado en el labrado de fábricas y en los aparejos de las mismas. Los obreros y constructores estaban organizados en corporaciones, corriendo a cargo de éstas la formación de sus miembros. Los artesanos recibían sus salarios y tenían bastante prestigio, en los cimientos hallados en la ciudad de Pasargadas se puede encontrar la marca del cantero que labró cada piedra. También eran aficionados a dejar sellos o figurillas que representaban, fundamentalmente al promotor de las obras —el monarca en la mayoría de los casos—, lo que nos ha permitido conocer el sistema constructivo empleado en las fábricas de ladrillo, que estaban simplemente secados al sol los que colocaban en el interior de los muros y cocidos en hornos los que colocaban al exterior.

 

 

            Es en Mesopotamia es dónde por primera vez se puede hablar de que se valora el trabajo de los artesanos en la construcción. Ya sea como propugna Melvin Kranzberg (1917-1995), profesor de Harvard, historiador y fundador de la Society for the History of Technology , “S.H.O.T.”—Club de Historia de la Tecnología—, en cuanto a que la esclavitud fue una práctica reducida, existiendo una clase especial de trabajadores especialistas, contratados por sus conocimientos para trabajar en las obras; o bien como mantiene Choisy, que la esclavitud era abundante en Asiria en virtud de su supremacía militar; lo cierto es que hay numerosas huellas en las construcciones de Mesopotamia de la responsabilidad de los artesanos, canteros y albañiles, así como de esmero de cómo ejecutaban su trabajo; bien por las marcas que cada cantero dejaba en las piezas que labraba —Pasárgadas—, bien por la responsabilidad penal que tenían —Código de Hammurabi—, bien por el mayor desarrollo técnico que llegó a alcanzar la arquitectura persa —bóvedas— sobre la egipcia, o bien por el esmero con que ejecutaban sus fábricas y aparejos; lo cierto es que en Mesopotamia, tanto los arquitectos, como los constructores sí estaban valorados en su trabajo, a diferencia de Egipto, dónde parecen que estaban forzados a hacer su trabajo.

 

 

 

grecia

 

De la civilización griega tenemos noticia por cuentas y convenios grabados en mármol, acerca de algunos detalles del régimen interior y del funcionamiento de las obras. El Estado era el principal proveedor de materiales, de los cuales el más importante era el rico y abundante mármol de sus canteras, explotadas por esclavos públicos. Las obras las ejecutaban las empresas constructoras, cuyos obreros y artesanos eran ciudadanos libres, realizando los esclavos las labores más duras y de peonaje. El arquitecto era a menudo el propio empresario, incluso como nos cuenta Vitrubio, en algunas ciudades tenían obligaciones legales en este sentido, llegando hasta nuestros días la memoria de muchos como Ictino (s. V a. C. ) y Calícrates (s. V a. C. ), constructores del Templo del Partenón o Libón de Elis (s. V a. C. ), arquitecto del Templo de Zeus en Olimpia. Los arquitectos griegos provenían del gremio de artesanos, y aun siendo conocedores de la geometría y otras artes, tendían a desarrollar sus proyectos en forma rudimentaria, ya que se sentían muy cercanos al resto de los artesanos de la construcción a los que prácticamente pertenecían, utilizando métodos de representación ciertos tipos de maquetas, en general, más que el dibujo en planos. Sabemos también, que en Grecia los materiales los suministra el Estado, dueño de las canteras de mármol, la obra se contrata a una empresa y los acabados y decoraciones se contrataban aparte, por trabajos individuales, normalmente por tiempo. Hay referencias en este sentido de la construcción del Templo del Erecteión, o de otros como Epidauros, Delos, Eleusis o Mileto, o del Arsenal de El Pireo. Es por esto que sabemos con que el Estado entregaba al empresario los materiales de las canteras de mármol, que eran explotadas por esclavos públicos, y el precio del material se pactaba como fijo y cerrado, siendo por cuenta de la empresa adjudicataria de las obras la mano de obra. Suponemos que, casi como hoy día, por causa de numerosos cambios y otros avatares propios de las obras, y por tanto existían grandes problemas cuando el contratista debía ajustar cuentas finalmente. Como cuenta Choisy, cualquier persona con una adecuada garantía o avalista solvente podía hacerse contratista,  puesto que era costumbre que se fuera abonando los trabajos por adelantado, y cuando se justificasen estos gastos se pedía otro adelanto. Las garantías que hacían que se cumplieran los contratos era dos, la del propio avalista o garante y la del Estado, quien retenía de cada pago a cuenta una décima parte, para responder de la correcta finalización de los trabajos, por el precio pactado.

 

 

En algunos casos la contratación de obras públicas se llevaba a cabo de la siguiente manera: el arquitecto junto con una comisión compuesta por el consejo o asamblea de ciudadanos, consensuaban el diseño del edificio, se hacían públicas las tareas a contratar, ya que durante algunas épocas existió la costumbre de asignar el trabajo en partes, en lugar de confiar todo el proyecto a un contratista general. La subasta de cada contrata comenzaba con el anuncio que un heraldo hacía público en el ágora o plaza del mercado. El arquitecto y la comisión examinaban las ofertas, concediendo el contrato al mejor postor. El arquitecto debía elaborar las especificaciones de todos los trabajos, y el contratista era el responsable de conseguir la mano de obra y el resto de recursos necesarios para las obras.

 

Era muy habitual que el propio arquitecto fuera quien tomara a su cargo las obras como empresario constructor. Vitrubio cuenta que en Éfeso, “ciudad grande y célebre de Grecia”, existió una curiosa Ley, una Ley “dura pero no injusta”. Dicha Ley obligaba al arquitecto encargado de dirigir una obra pública a calcular de antemano el presupuesto de la obra, fijando el coste al que podría ascender la construcción, cuando el precio era aceptado, quedaban hipotecados todos sus bienes, ante un magistrado hasta la conclusión de la obra. Cuando la obra terminaba, si el cálculo del arquitecto había sido correcto, quedaban sus bienes libres de la hipoteca, y no sólo eso, sino que este era premiado con decretos honoríficos, por lo cual es de suponer que esto ocurría pocas veces. La ley permitía liberar al arquitecto incluso si la diferencia alcanzaba una cuarta parte del presupuesto inicial, aunque sin honor alguno, ya que el erario público se hacía cargo del exceso. Ahora bien, sobrepasado este margen, el exceso se abonaba con cargo a los bienes del propio arquitecto. La reflexión posterior de Vitrubio podríamos suscribirla en el siglo XXI:

 

“Ojalá los dioses inmortales hiciesen que esta ley se hubiese promulgado también en el pueblo romano no sólo para los edificios públicos, sino asimismo para los particulares, porque así no sólo no quedarían sin su castigo las injerencias de los ignorantes, sino que sólo harían profesión de arquitectos los que por sus esmerados conocimientos pudieran ser tales y los padres de familia no se verían forzados a hacer gastos infinitos, hasta casi quedar arruinados; y los mismos arquitectos obligados por temor a la pena, calcularían con más diligencia antes que todo el coste de la obra y lo combinarían de suerte que los particulares, con lo que habían previsto o añadiendo un leve suplemento, pudieran ver terminados sus edificios".

 

Es curioso, que en Éfeso se considerara aceptable una desviación del veinticinco por ciento, lo que hoy nos parece absolutamente descabellado, y que incluso Vitrubio hable de un “leve suplemento”, refiriéndose a este porcentaje, aunque pensemos que más adelante nos cuenta recargos de hasta “del doble y a veces más de la cantidad prevista”. Esto nos da idea de que durante toda la historia, han pasado las mismas cosas, en cuanto al incremento presupuestario de las obras.

 

 

 

 

roma

 

 

Hablar de Roma es hablar de organización, procedimientos y regulación sistematizada en todas las facetas de la sociedad y sobre todo en la administración del estado. La construcción no podía escapar a ello, estando muy desarrollada técnicamente, con una gran división del trabajo, así como una gran especialización. Los romanos tenían un sentido eminentemente práctico de las obras, y sobre todo desde el punto de vista financiero, invertían grandes cantidades al principio de las obras, determinando una gran calidad y solidez en las mismas, lo que hasta hoy día podemos constatar.

 

En Roma la organización de los constructores sigue siendo similar a la griega: organizaciones gremiales llamadas corporaciones locales —collegia fabrorum— que eran asociaciones extraordinariamente libres, cada una aplicaba sus propios métodos a la construcción, y se organizaba de manera diferente, dependiendo de los recursos propios de cada localidad. Estas corporaciones estaban unidas por los mismos principios a la hora de trabajar sobre todo para las obras públicas. Solían destinar esclavos —servus—, al peonaje. Los oficios, a semejanza de todo el resto de la sociedad romana,  estaban extraordinariamente especializados —faber, structor, caementarius, lapidarius—, así como los dirigentes, el arquitecto —architector—, destacando sobre todo, la figura del ingeniero —machinator, munitor—. Pongamos como ejemplo a Cayo Julio Lacer (siglo I d.C.), autor del magnífico Puente de Alcántara sobre el río Tajo, que salva una luz de 194 m. con seis soberbios arcos, y está rematado por un arco en honor al emperador Trajano (c. 53-117 d.C.). Aunque el gran arquitecto de la época de Trajano, así como de su sucesor Adriano (76-138 d.C.), ambos emperadores nacidos en la Itálica, Hispalis —la actual Sevilla—,  fue el arquitecto sirio Apolodoro de Damasco (s. I-II d.C.), quien construyó el Panteón, el foro de Trajano, la basílica Ulpiana en Roma, así como un célebre puente de más de un kilómetro de longitud, sobre el Danubio en Hungría, durante la conquista de Dacia.

 

 

Roma necesitó innumerables obras públicas, de acuerdo con el gran desarrollo de su imperio. De los romanos sobre todo, aunque esto ya lo habían conocido en los griegos, nos llega la cultura del urbanismo y la planificación de una ciudad en su conjunto, con todos los servicios, y edificios de viviendas plurifamiliares —insulae— que eran explotadas en régimen de alquiler, habiendo en la ciudad de Roma más viviendas de este tipo que viviendas unifamiliares —domus—. Tenemos gran noticia en una gran parte por la desgracia acaecida el 24 de agosto del año 79 d.C., cuando entró el en erupción el Vesubio, enterrando y conservando para la historia las ciudades de Pompeya y Herculano, hasta 1748, aunque a finales del siglo XVI cuando Domenico Fontana (1543-1607) construía un canal para el Sarno asomaron algunos restos.

 

En base a este gran desarrollo y a las necesidades expresadas de la administración del estado romano, las corporaciones de constructores tenían la obligación legal de prestar su concurso a las obras públicas, cada vez que el Estado lo exigía, por lo que Roma obligaba a las corporaciones a ejecutar los trabajos que, bien para el desarrollo del imperio o bien para satisfacer las necesidades de los ciudadanos, consideraba necesario, y en contrapartida tenía establecidos los denominados fondos dotales —fundus dotalis—que era una antigua versión del moderno capital de riesgo, y era la inversión pública para la construcción. Esos fondos eran asignados a cada corporación, por tanto cada corporación los administraba y se beneficiaba de ellos, y a cambio el estado exigía su concurso obligado en las obras públicas. Un sistema sin duda, digno de tener en cuenta.

 

 

 

europa

 

 

El sistema de organización gremial en los constructores, y los arquitectos como proyectistas y directores de obra, así como figuras de cierta relevancia social, formando parte de los gremios o bien de forma independiente, siguió establecido durante siglos hasta la Edad Media. Quedan constancia en este larguísimo periodo de algunos arquitectos, como Anthemius de Talles (s. VI)  e Isidorus de Mileto (s. VI), quienes construyeron la Basílica de Hagia Sofía de Constantinopla (hoy Estambul, Turquía) entre años 532 y 537, siendo verdaderamente formidable la tarea de Anthemius, fundamentalmente, para organizar la logística y la ejecución de tan formidable obra, con trabajadores que vinieron de todas las partes del mundo, y que costó el equivalente a la cantidad actual de 3.500 millones de dólares (en 2004). Cuando el emperador Justiniano (482-565), al ver completada la Basílica, el 27 de diciembre del año 537, día de su consagración, recordando el edificio que hasta entonces había sido tenido en cuenta como "el mejor" de la historia, exclamó orgulloso: “Salomón, te he vencido”.  

 

 

            En cualquier caso, nos parece más interesante la Edad Media, aunque la figura relevante del arquitecto dejara de serlo, no por esto, naturalmente, sino por la importancia que empezó a tener la organización de los gremios de constructores. La dirección de la construcción de los edificios así como su diseño era ejecutada por los maestros constructores de los gremios, a los que también les tocaba administrar la economía de las obras e incluso gobernar la comunidad a la que pertenecían. Decimos que incluso el nombre de arquitecto dejó de utilizarse, siendo más común el de maestro de obras, o el de alarife (del árabe al-arif, “el maestro”) que se usaba en Al-andalus. Tenemos noticia por ejemplo de alarifes como Heschalno Ben Abdelazri (s. VIII) quien restauró  la ciudad de Úbeda en el 886, o Leví Ben Obaidalla (s. VIII) quien hizó lo propio en Cazorla. Ahmad ibn Baso (s. XII) y Alí Al-Gumari (s. XII) fueron los alarifes que construyeron el alminar almohade que aún conserva, rematado por un cuerpo de estilo renacentista obra de Hernán Ruiz (c. 1500-1569) en 1558, en la actualidad la Catedral de Sevilla como campanario, y que se conoce como Torre de la Giralda. Durante esta época en nuestro país, es decir desde el siglo VIII al XV, lo que se denomina la Reconquista y es el periodo de convivencia entre la cultura árabe y cristiana, se produce una mezcla entre las costumbres de todo tipo entre ambas culturas —con la judía en medio—, que conviene entender, existiendo un trasvase social que deja su huella entre otros ámbitos culturales y económicos, en el de la construcción. Recordamos algunos términos que a veces nos parecen confusos, como muladíes —del árabe muwallad, o “adoptado”—, nombre que recibían los hispanos que se convertían al islam; los mozárabes —del árabe musta’rab, o “arabizado”— que eran aquellos que vivían entre los musulmanes pero conservando sus costumbres y religión cristiana; los mudéjares —mudayyan en árabe significa “aquel a quien le es permitido quedar”—, por el contrario son los musulmanes que quedaban en los territorios cristianos una vez reconquistados, manteniendo su religión; y por último los moriscos, descendientes de éstos, una vez que se convirtieron al cristianismo, por obligación en el siglo XVI. En cuanto a la arquitectura de unos y de otros nos interesa lógicamente la que supone un caso especial, por distinguirse del entorno en la época, los maestros mozárabes construían de acuerdo con sus usos tradicionales —con obra de cantería—,  destacando entre estas obras San Miguel de la Escalada, cerca de León, construida en el siglo XI. Los alarifes mudéjares, construían en las regiones cristianas al uso propio, asimilando las formas y usos árabes —con fábrica de ladrillo—,  a construcciones cristianas, como en la Iglesia de San Lorenzo de Sahagún, León. Ambos son claros ejemplos de costumbres mixtas, tal como fue la sociedad española en general durantes los citados siglos.

 

            En el periodo medieval, cabe destacar en España fuera de las fronteras de al-Andalus, y, podríamos decir de las influencias anteriores, la figura San Juan de Ortega (1080-1163),  quién fue discípulo de Santo Domingo de la Calzada (1019-1109). Ambos maestros de obras y clérigos. Juan Velázquez, que así se llamaba, fue un hidalgo burgalés del pueblo de Quintanaortuño, y que por no mostrar de niño aptitudes para las armas —aun siendo como se sabe hoy un hombre de gran estatura y corpulencia—, fue destinado por su familia a las letras, enviándolo de su pueblo natal, a Burgos, donde conoció a Santo Domingo de la Calzada. Juan fue aprendiz de Domingo, colaborando con el como aparejador de sus obras, construyendo por si mismo a la muerte de su maestro puentes, carreteras, hospitales e iglesias a lo largo del Camino de Santiago, llegando a ser el considerado el mayor arquitecto del reino. Fue amigo, confesor y consejero del Rey Alfonso VII, el Emperador, quien en el año 1142 le concedió el realengo de las tierras de Montes de Oca y Ortega, junto con otros fueros y privilegios, desde entonces usó el título de Señor de Ortega. San Juan de Ortega es, desde el día 26 de mayo de 1971 patrono ante Dios, del Colegio Nacional de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de España, a partir de la iniciativa que tomó en 1966 el Colegio de Valladolid.

 

            En cuanto a que uno de los señoríos que recibió Juan de Ortega se llamara Montes de Oca, permítaseme un pequeño e inocuo paréntesis, acerca de tal nombre, en concreto de Oca, ya que este animal, la oca —como la acacia—, es un antiguo símbolo de los constructores, como después lo fue de los masones, y de otras asociaciones antiguas de comunes orígenes, así como el antiguo juego que lleva su nombre. El mundo de los constructores siempre ha estado unido al de la simbología y a otras ciencias misteriosas. Quede dicho esto a título de mera curiosidad, y para quien guste las de este tipo.

 

La organización del trabajo en el periodo gótico, es tema apasionante y no conocido hoy día en su totalidad. Después del florecimiento de los arquitectos monjes en Europa, comenzaron a tener importancia los arquitectos laicos, a los que se agrega el obrero como colaborador con libertad y responsabilidad en su trabajo en cierto grado, y esto determinó el gran avance de la construcción en la época, cuando los obreros dejaron de sentirse esclavos como sus antecesores en la baja Edad Media, agrupándose en corporaciones de defensa y fraternidad mutuas, origen de las llamadas de Franc-Maçons. En estas corporaciones se guardaban celosamente los secretos del oficio, los procedimientos y las formas. Como dato curioso podemos encontrar en autores incluso de la primera mitad del siglo XX referencias a restos de lenguajes crípticos o jergas empleadas por los canteros gallegos y portugueses, solo entendibles por ellos y trasmitidas de forma reservada de una generación a otra. De estas prácticas de los maestros medievales de cantería y mazonería —la palabra también existe en castellano— deriva el uso de los llamados signos lapidarios, que dejaban los maestros en todos los sillares labrados de los edificios. Hay teorías sobre si eran marcas para contabilizar los destajos, aunque no está demostrado que los obreros medievales utilizaran este sistema de abono de los trabajos, y las que apuntan a signos secretos incluso mágicos, como son la cruz esvástica o el macrocosmos (estrella de Salomón). En cualquier caso, se sabe que los maestros de obras, llegaban a serlo, partiendo de los oficios —albañiles, canteros, carpinteros— en los que aprendían las artes de la construcción. Según su talento podrían obtener el cargo de maestro de obras, pudiendo algunos a alcanzar fama, como Robert de Luzarches (s. XII) o Tomás de Cormont (s. XII), autores de la Catedral de Amiens; Robert de Couchy (s. XIII) maestro de obras de la Catedral de Reims, o el legendario Villard de Honnecourt (c. 1225- c.1250), a quien le debemos un cuaderno o álbum de dibujos de geometría y arquitectura (Biblioteca Nacional de París), que supone un documento de extraordinario valor para conocer los procedimientos de los constructores medievales, también conocemos gran movilidad de los artesanos de la época, encontrando huellas del trabajo de Villard en Laon, Chartres, Laussanne y hasta en Hungría.

A través de la obra de Villard de Honnecourt —de quien no todos los autores parecen estar de acuerdo en reconocer el talento evidente que muestra su trabajo— nos podemos hacer la idea de lo que era un joven muchacho que empezando en la cantera termina en la propia obra, donde se convierte, no en un arquitecto ya que el término no se usaba en la época, pero si en un maestro, un —magister laetomus—, lo que podemos traducir por maestro de obras, es decir un hombre que era capaz no sólo de asumir todas las funciones del oficio que Vitrubio había descrito doce siglos antes, sino que además era capaz de impartir su magisterio al resto de artesanos. Para llegar a ser maestro de obras, se debía pasar por el grado de aprendiz, periodo en el que recorría diferentes obras, habitualmente en diferentes lugares, y dónde perfeccionaba sus conocimientos. Para abandonar el grado de aprendiz y alcanzar el de oficial debería pasar unas pruebas que sus superiores les proponían cuando lo consideraban digno de ello, para llegar a ser maestro debía justificar y demostrar asimismo sus conocimientos, su capacidad y su amor por el oficio realizando lo que se denominaba su obra maestra.

 Es en la Edad Media, y sobre todo en el periodo gótico, cuando los constructores reflejan un comportamiento más interesante de toda la historia, desde el punto de vista de la pureza del mismo, el modo de vida y la organización de su trabajo. Los constructores medievales europeos, en su mayoría fueron artífices anónimos que vivían y trabajaban imbuidos de modestia y de fe —y no sólo cristiana, fe en sentido general de la palabra—, y que edificaban para la afirmación de su ideal, para la propagación del ennoblecimiento de su ciencia, desarrollando sus conocimientos y oficio, de mayor manera en los edificios públicos, palacios, monasterios, iglesias pero sobre todo en las magníficas catedrales de toda esta época. El urbanismo y las infraestructuras ciudadanas de la época romana desaparecieron y a la vivienda privada del común del pueblo no se le daba importancia siendo construcciones con fábricas elementales utilizando los materiales más sencillos, y con cubriciones de chilla y bálago.

 Si para muchos aspectos de la cultura, la Edad Media fue una época gris, no lo fue  para las personas que se dedican a la construcción, ya que para ellos supone una época llena de pureza, creatividad y demostración del ejercicio honrado de un oficio.  Los gremios o corporaciones, no son creación de la época sino que como hemos visto son herederas de la tradición antigua de los constructores, pero es en la Edad Media cuando se desarrollan cuidando por sí mismas la pureza de los oficios: “puede ser albañil quien lo quiera, con tal que ofrezca garantías de aprendizaje”, según el código de las corporaciones parisienses, que recoge Étienne Boileau (s. XIII)  en Le Livre des métiers , o El Libro de los oficios, que data aproximadamente de 1268, y que desarrolla los estatutos de 137 profesiones. En estos estatutos se recogen detalles como los métodos de admisión, los periodos de aprendizaje, las garantías de buena ejecución o los horarios de trabajo. Los artesanos constructores sin embargo tenían peculiaridades que venían impuestas por su movilidad geográfica, por las características propias de la propia construcción, actividad que hay que desarrollar cada vez en un lugar distinto. Esto hacía que los artesanos de otros países fueran aceptados siempre por las corporaciones locales, y no sólo eso, sino que se establecen asociaciones de fraternidad y de mutua asistencia, así como de hospitalidad, cuya necesidad los constructores, por ejercer un oficio ambulante, comprendían perfectamente. Las grandes obras de esta época son las religiosas, destacando sobre todo las grandes catedrales de la época gótica. Estas obras eran pagadas por las Iglesia o los señores feudales a las corporaciones de constructores, cuyos maestros administraban los salarios de sus obreros y artesanos, correspondiendo normalmente también a los promotores de las obras el suministro de los materiales, o al menos, la designación de la procedencia de los mismos. Como los más importantes eran la piedra y la madera, el problema se centraba fundamentalmente en encontrar una cantera adecuada y un bosque, que los artesanos de las corporaciones explotaban. Los promotores de las obras, debían pagar regularmente los gastos de las mismas. En el caso de las obras religiosas, en muchos casos eran contribuciones o limosnas, lo que lo hacía posible; a veces incluso los propios feligreses ofrecían su propio trabajo, para labores no especializadas, como puede ser el transporte de materiales, como nos cuenta el cronista de la abadía de San Trond, en Bélgica, que nos narra como la gente trabajaba trayendo piedra, acarreando cal y cantando. Los ciudadanos comprendían la importancia de que en su ciudad existiera una catedral, ya que eso hacía que se convirtiera en un centro importante, y la economía de la ciudad crecería con la afluencia de peregrinos y visitantes. En nuestro país queda el recuerdo de la tradición que existía entre los peregrinos compostelanos, y que solían tomar una piedra de cal en Tríacastela, una vez pasado Piedrafita, y desde allí la llevaban a las obras de la catedral de Santiago de Compostela. En Inglaterra aún el lenguaje consagra la diferencia entre las ciudades que tienen catedral —city— y las que no la tienen —town—. Aunque, en lo que se refiere, el pago de los trabajos se hacía según los jornales y salarios de los artesanos y obreros de las corporaciones, los proyectos no existían como tales, ya que los maestros constructores los desarrollaban según avanzaba la obra, la técnica constructiva avanzaba un poco más con cada obra, que era por si misma un ensayo para la siguiente.

 

 

A partir del siglo XV, cuando comienza el Renacimiento, los arquitectos empiezan a preocuparse de su personalidad, ayudados por el innegable talento de algunos así como de la importancia que los poderosos dieron siempre a sus encargos. El maestro de obras medieval aprendía en el taller de su maestro —su propio padre en muchos casos—, como el resto de los obreros, en el Renacimiento los arquitectos se independizan y entienden que su labor es la misma o más próxima a la de otros artistas —escultores, pintores—, actividades que muchas veces se combinan con la arquitectura. Pero no hay que olvidar nunca lo que nos dejaron los constructores de la época medieval, sobre todo si lo comparamos con el Renacimiento, es decir, pura creación desde la modestia y la honestidad en contra de la fidelidad servil a la copia de los modelos clásicos. Fulcanelli nos resume esta idea magistralmente:

 

En la obra gótica, la hechura permanece sometida a la Idea; en la obra renacentista, la domina y la borra.  Una habla al corazón, al cerebro, al alma: es el triunfo del espíritu; la otra se dirige a los sentidos: es la glorificación de la materia.  Del siglo XII al XV, pobreza de medios, pero riqueza de expresión; a partir del XVI, belleza plástica, mediocridad de invención.  Los maestros medievales supieron animar la piedra calcárea común; los artistas del Renacimiento dejaron el mármol inerte y frío”.

 

 

            Incluso la imitación renacentista llegó a tanto que algunos arquitectos escribieron tratados a modo de canon, el primero fue Leon Alberti (1404-1472), De Re Aedificatoria (1485), al que siguieron entre otros Sebastiano Serlio (1475-1554), L’Architettura (primera edición completa en 1584) o Andrea Palladio (1508-1580), Quatro libri de l’acrchitettura (1570). Desde el código lingüístico de Brunelleschi con su sistema simbólico basado en la comparación suprahistórica, con el ejemplo principal de la antigüedad, hasta la maniera de Bramante de Urbino (1444-1514) —sus seguidores se llamaron manieristas—,   pasando por la racionalización del historicismo mítico, que hizo el propio Alberti traduciendo los valores del tiempo antiguo al tiempo presente, hicieron que poco a poco se olvidase y se despreciase, inmerecidamente el arte gótico, quizás por que venía de un país como Francia —el gótico es llamado algunas vecer opus francigenum y que nunca se entendió en Italia. Son también interesantes los tratados españoles De las medidas del romano, escrito por Diego (López) de Sagredo (s. XVI) en 1526, o el extraordinario tratado Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas (manuscrito de finales del siglo XVI y publicado por primera vez en 1983) atribuido al ingeniero Juanelo Turriano (c. 1511-1585) —el ingeniero J. Antonio García-Diego, principal estudioso de este manuscrito concluye en que éste es anónimo, después de investigar y estudiar incluso la posibilidad de que fuese el autor José Francisco Sitoni (1532-1608)—. Parte también de esta época la insólita y duradera disociación, que hasta hoy perdura en nuestra sociedad, entre el arquitecto y el constructor, cierto es que pudiera ser una natural evolución, como los reyes que en la época medieval y anteriores eran los propios capitanes de sus ejércitos, combatiendo como adalides a la cabeza de ellos y empuñando ellos mismos las armas y sin embargo hoy día los consentimos instalados cómodamente en sus palacios, viviendo de su apellido y heredando sus privilegios de dudoso derecho.

 

           No debemos olvidar, en cualquier caso, que el arte gótico, el sistema arquitectónico gótico, no fue la invención de una conclusión de soluciones técnicas basadas en rígidas reglas, sino en la implementación de estas soluciones en una consecuencia final de trascendencia única. El arte gótico es el que mejor ha satisfecho en disposición, en espíritu, en facilidad de medios, en posibilidad de economía, en todo en definitiva, las necesidades y los fines que persigue la arquitectura.

 

 

nosotros

 

 

 

Poco me interesa aportar tras el Renacimiento, que fue un nuevo comienzo de la historia, y tras el cual los acontecimientos se han ido sucediendo, de forma casi vertiginosa: el descubrimiento de América, la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, el siglo XX, etc. La organización gremial de los constructores se va perdiendo, los técnicos se independizan, los sistemas organizativos se van imponiendo en la construcción tanto como en otras industrias, la técnica avanza de forma imparable, y la arquitectura no es ajena a ello. Desde esta perspectiva se impone una reflexión brevísima mínima acerca de la separación entre la arquitectura y la construcción (o edificación) que se explico en los correspondientes apartados, así como la diferenciación de estos conceptos.

 

         Hasta la época del renacentista, la arquitectura desde el punto de vista de creación y composición, tiene un lugar entre las artes, y como tal la creación artística de la arquitectura está disociada completamente del resto de facetas de la construcción, incluso de la redacción de los proyectos, y la dirección de obra, que son labores de alguna manera puramente técnicas. La arquitectura, como lenguaje artístico, forma parte de la expresión plástica sujeta a las mismas reglas de creación, composición, y forma que el resto de las actividades creativas y de pensamiento, ocupando un lugar los creadores de la arquitectura entre los intelectuales, asimismo se han ido adaptando a las distintas tendencias que han imperado desde entonces en la historia: el barroco, el neoclasicismo, el eclecticismo, el racionalismo, modernismo, etc. Dentro del la libertad que supone el mundo del arte, cuyos encasillamientos en movimientos o tendencias son más bien fruto del análisis posterior que de la propia intención de los autores, que están siempre en la vanguardia de la sociedad, tanto los arquitectos como artistas, como otro tipo de artistas o pensadores  han hecho incursiones en sus respectivos campos.

 

            Esto sólo debe considerarse a los efectos de conocer mejor la idiosincrasia actual del arquitecto, y que en otros países ha sido mejor comprendida en cuanto a la actuación profesional, a los que se reconoce sin duda la autoría de la creación arquitectónica, la idea y su transformación en un edificio, aunque la labor correspondiente tanto al desarrollo de los proyectos como a la dirección puramente técnica de las obras queda en manos de auténticos especialistas. El mérito fundamental del actual arquitecto se centra en dos aspectos: el primero la solución del problema, es decir idear el proyecto que solucione las necesidades requeridas teniendo en cuenta las múltiples circunstancias que deben conjugar: solar, normativa, economía, plazos, etc.; y en segundo lugar la creación artística, que reviste con el carácter de arquitectura a la pura obra de ingeniería. Tanto estos dos aspectos se realizan y se desarrollan de forma más eficaz y brillante cuanto mayor es la calidad del trabajo de su autor, que para ello necesita innegablemente las dosis correspondientes de conocimientos y talento. El arquitecto, en general, encuentra su verdadera dimensión mucho más en la creación que en la organización de las tareas de la construcción, aunque en algunos países como el nuestro, asumen esta función, al menos a titulo de responsabilidad, cuando a la mayoría de ellos en apariencia les disgusta, abandonando su ejercicio con desidia, y dando por consiguiente, la impresión de no saber o no querer hacerla.

 

            En cualquier caso, no hay nada en el final de esta reflexión que ensombrezca la labor de creación y la aportación a la humanidad de su obra, ya que entre los arquitectos, podemos incardinar a hombres que han sido luz y guía de las vanguardias artísticas, como es el caso de algunos arquitectos modernos que no cabe calificarlos sino como auténticos genios, y que, a modo de ejemplo, citaré a Wright, Mies van der Rohe y Le Corbusier. El estadounidense Frank Lloyd Wright (1867-1959), con obras como la Casa Kaufmann o Casa de la Cascada en Bear Run, Pensylvania, EEUU (1936) —en la que existe la anécdota de que el propio Wright tuvo que empuñar una herramienta y comenzar el desencofrado de la estructura por que los obreros no se atrevían— o el edificio de la Johnson Wax Company en Racine, Wisconsin (1939). El alemán Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969), con obras como magnifico Pabellón de Alemania para la Exposición Universal de Barcelona (1929), la Casa Farnsworth en Plano, Illinois, EE.UU. (1950) —que terminó con una demanda por de la propietaria Edith Farnsworth (1903-1978) que no prosperó pero que había declarado: “algo habría de hacerse y decirse sobre este tipo de arquitectura, o la arquitectura no tendrá futuro” —; o el Seagram Building de Nueva York (1958). El suizo Le Corbusier (1887-1965), quien en realidad se llamaba Charles Edouard Jeanneret, arquitecto, pintor,  urbanista, y ensayista sobre teoría artística. Entre sus obras significativas están la Unité d’Habitation, en Marsella, Francia (1947) donde puso en práctica su sistema de proporciones que el denominó Modulor, y la Iglesia de Notre Dame du Haut en Ronchamp, Francia (1950).

 

 

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