i

arquitectura

 

 

 

 

La arquitectura es el arte de proyectar y construir edificios. Sobre esta definición podemos colocar algunas explicaciones, sobre todo para acercarnos más a su compresión y a su conocimiento.

 

Si partimos de los principios que Vitrubio sostenía como básicos en la arquitectura, es decir: la belleza, la firmeza y la utilidad (venustas, firmitas et utilitas), podremos comprender mejor lo que es arquitectura, y el sentido que tiene que separe esta disciplina de la pura construcción y de su especialidad la edificación, como queda ya explicado. El conjunto de ciencias que engloba la arquitectura es el patrimonio artístico e intelectual que da sentido a la construcción de edificios.

 

No puedo pretender, ni pretendo, hacer aquí un tratado de arquitectura, sólo una breve explicación para clarificar estos conceptos, sobre todo para aquellos que se interesan por ella y quieren entenderla. Sobre tendencias, estilos, análisis, historia, formas de expresión, y otros aspectos podréis encontrar muchísimos tratados, pero espero que esta pequeña explicación os ayude a entender de qué se trata. En este mismo aspecto, para poder amar la arquitectura hay que conocerla y respetarla, para aquellos que quieran conocerla, que quieran saber si un edificio corresponde a una verdadera obra arquitectónica de calidad, he escrito y dedicado esta página, ya que la arquitectura es una disciplina con la que todos tenemos contacto en nuestra vida de una manera o de otra. Los profesionales que nos decidamos a ella necesariamente tenemos que tenerla presente en la faceta que nos concierne de acuerdo con el campo concreto en que se desarrolla el ejercicio de nuestra profesión, y somos no solamente los que la hacemos, sino los que tenemos que velar por el mantenimiento de su excelencia. Pero de alguna manera es una ciencia, un arte, una actividad que a todos nos interesa: al que menos le interesa mucho, ya que vive, trabaja, estudia... en edificios, y por otro lado todo lo que ve al su alrededor, a no ser que sea un anacoreta, es arquitectura, actual o histórica; y al que más, no siendo profesional, puede ser al que quiera o tenga que, pasar por la circunstancial peripecia de ser promotor de su propia casa. En cualquier caso, profesionales, diletantes y observadores, a veces nos puede interesar hacer una pequeña, o gran, reflexión de qué es o qué contiene, o qué debe de ser o qué debe de contener, una obra arquitectónica correcta. He aquí una guía para poder valorar la calidad de una obra arquitectónica. Algunos de las cualidades que aquí se mencionan no podemos conocerlas simplemente viendo el edificio ya construido, ya que corresponden al periodo de proyecto y construcción del mismo, sin embargo, teniendo en cuenta el resto, podremos calificar perfectamente una obra arquitectónica. Fijaos en ellas, y cuando las analicéis o las apliquéis, pensad siempre en los tres principios básicos: venustas, firmitas et utilitas, que por sí mismos ya responden todas las preguntas.

 

 

1.      SITUACIÓN.

 

Antes que el edificio está el lugar. El lugar (solar, parcela, terreno...) puede ser algo que nos condicione totalmente el futuro proyecto, o puede ser algo que tenga que estar elegido en función del proyecto, con todas las posibilidades intermedias, pero ya sea de una manera o de otra, es decir, tengamos que buscar un solar para un edificio, o tengamos que construir un edificio en un solar (las más de las veces), la afirmación inicial se cumplirá siempre: el edificio se construye en un terreno.

 

        

   La libertad de adaptación al terreno es nuestro problema, y no debemos tenerle miedo para resolverlo, es más debemos resolverlo. Nunca hay que dejar que se resuelva solo (esto es algo que la arquitectura no soporta, y es válido para todo los procesos o puntos de este decálogo, todo, absolutamente todo, debe venir precedido de una reflexión y una razón de ser), ni que no se resuelva. Podemos encontrarnos con un solar, en el cual alguien, sin la idea arquitectónica en su voluntad, haya puesto una puerta de acceso, o un camino, etc., cuya existencia nos pueda tentar a dejarlos como definitivos. Nunca, demos por hecho que esto sea así: aun en la obra que comporte la más pequeña actuación arquitectónica (una reforma por ejemplo) debemos plantearnos todo lo referente a la situación del edificio en el solar. Cuanto más en un edificio de nueva planta, en un proyecto. Debemos adecuar el análisis de terreno, de su composición geológica, de su orografía, de su orientación de sus accesos, a la dimensión de proyecto, y todos los elementos debemos analizarlos, reflexionar sobre ellos y tomar decisiones, por más que nos parezcan obvios, o por más que alguien nos quiera convencer de lo contrario.

            En el capítulo de la situación englobaremos los siguientes temas: elección del solar (si procede), elección del lugar más adecuado dentro del solar, elección de la orientación, elección del acceso o accesos al solar y elección del acceso o accesos a la edificación. Para esto deberemos tener en cuenta todos los elementos que influyen en la arquitectura y en la construcción, desde el punto de vista técnico, por tanto, debemos huir siempre que podamos de los solares que tengan riesgos naturales, ya que es nuestra responsabilidad como técnicos, que allí se construya; aunque nos parezca imposible, continuamente se tiene noticia de catástrofes naturales que causan ruina de edificaciones e incluso pérdidas de vidas humanas, que muchas veces podrían ser evitables, ya que estos riesgos son conocidos.

 

 

 

2.      OPTIMIZACIÓN.

 

La arquitectura es un arte de encargo. Siempre, cuando construimos un edifico lo hacemos para resolver un problema arquitectónico, del que nuestro edificio es la solución. Los planteamientos del problema son muchos, pero uno de ellos, es el programa de necesidades, lo que el promotor, propietario o encargante del proyecto necesita. Normalmente, la persona a la que va destinado el proyecto tiene una serie de gustos o necesidades sino una mezcla de ambos, y esto es lo que hay que el proyecto y al final el edifico tiene que contener. El propietario puede necesitar desde “una casa de tres dormitorios con una gran cocina, garaje para dos coches y piscina” a un “gran edifico que aúne sobriedad y elegancia, capaz de albergar elementos polifuncionales y que trascienda su época”, o “yo que sé”.

 

 

Los promotores irán a vosotros con una necesidad  o una serie de necesidades que cubrir, y que deben ser cubiertas por el edificio que necesitan. Es labor del arquitecto y su equipo saber definir estas necesidades, saber entender al promotor tanto en estilo como en funcionalidad del edificio, y saber hacerse comprender. Un dormitorio “muy grande” para alguien puede significar 100 m² y para otra persona 25 m². Debemos por tanto, concretar los parámetros, y esto hay que hacerlo ante los clientes, que en muchos casos no tienen idea de lo que es una superficie o, mucho menos,  un volumen. Nosotros sí, nosotros debemos saber optimizar estas necesidades, analizando escrupulosamente las demandas del cliente, y por otro lado sabiendo canalizar éstas. En esta fase, al definir el programa de necesidades debemos estar seguros no solamente de que el proyecto va a contener todo lo que el cliente necesita (en todos sus detalles) sino que es lo más adecuado a sus necesidad, en forma, volumen, articulación, distribución, conexiones, circulación, elementos auxiliares, puertas, ventanas, balcones,.... todo en definitiva. Nosotros conocemos la arquitectura, el cliente no, hay que resolver su problema, aunque eso signifique “echar por tierra” muchas ideas preconcebidas que puedan traer.

En menor medida esto nos sucederá (aunque también) en proyectos que interesen a entidades profesionales con ideas muy claras (empresas, organismos oficiales, etc.) pero siempre, será necesario un análisis y optimización de lo que vamos a realizar. Ya que se trata de no dar pasos atrás en ningún proceso.

Hay clientes que vienen con el “problema y la solución”, con una idea preconcebida de lo que quieren y sólo nos necesitan para dar rigor técnico a su propuesta. Esto no es arquitectura (o al menos no lo es siempre, ya que todo es planteable), y debemos huir de ello. Dicen los abogados que el abogado que se defiende a sí mismo tiene a un necio como cliente, y por otra parte nadie acudiría a un médico diciendo lo que le duele sugiriendo al mismo tiempo el tratamiento, ¿por qué esto no se respeta en la arquitectura? Respuesta: por que los profesionales lo consentimos.

Tenemos pues, que hacer los edificios para nuestro clientes pero sin nuestro clientes, hay que satisfacer sus necesidades y gustos en todo (en todo lo que sea posible, hasta el más mínimo detalle hay que tenerlo en cuenta, ¿por qué no?, es su casa) pero debemos ser nosotros los que demos la solución.

 

Como resumen, sepamos hacer que el cliente nos plantee sus necesidades y demandas, inclusos si nos parecen caprichos, e incorporarlos en el proyecto de la forma más adecuada y racional que sepamos, haciéndoles comprender los cambios que haya que introducir respecto a las ideas preconcebidas que pudieran tener, si es que procede. Cuando el profesional, el arquitecto, sabe que tiene que cambiar algo respecto a las pretensiones del cliente, tiene que hacerlo, claudicar en esto supone un lastre en el proyecto que muchas veces puede pasar factura, no basta pues sólo con advertir, hay que corregir. Las concesiones en el proyecto deben ser la mínimas y reducidas a cuestiones anecdóticas.

 

3.      ADECUACIÓN.

 

El edificio es la solución del problema arquitectónico. Una vez que hemos centrado el programa de necesidades, conviene estar seguro de que es el adecuado, y en este sentido la adecuación del proyecto al programa de necesidades es primordial. Las distintas soluciones, objetos, diseños, detalles, etc.... que a lo largo del proceso de diseño del edificio vayan surgiendo deben estar adecuadas al programa de necesidades, y nunca al revés (tentación a la que a veces se sucumbe, con resultados nefastos). La optimización del programa de necesidades nos define QUÉ tenemos que hacer, la adecuación del proyecto a éste nos define CÓMO lo tenemos que hacer.

            Son por tanto, estas dos fases o pasos a dar conjuntas (en realidad lo deben ser todas) y con procesos comunes, y a veces pasa lo mismo que con la definición del programa de necesidades, que en suma es lo que estamos desarrollando, en el sentido de que el cliente imponga o quiera imponer sus propios criterios, resumamos (aunque sea repetición de lo anterior) el cliente pone sus necesidades los criterios los pone el arquitecto, o, volviendo a repetir la idea: el cliente plantea el problema, el arquitecto la solución. Deben pues ser aquí, en la fase de adecuación del proyecto al programa de necesidades, las concesiones no ya la mínimas, sino nulas. Sed aquí inflexibles, imaginad que los clientes son los clientes de un cirujano y están pues, anestesiados, dormidos en las manos del profesional que trabaja, con precisión y dedicación, en su salud, en la solución de su problema, en su casa, en su edificio, y como tales, dormidos, anestesiados no pueden decir nada. El cliente debe despertar de su sueño sintiéndose mejor, sabiendo que el cirujano-arquitecto ha resuelto el problema con sabiduría y eficacia, eso sí, tras el proceso, puede y debe explicárselo: el cliente debe entender su casa.

            Son estos pequeños argumentos, no para los arquitectos, que como profesionales no los necesitan, pero sí para los clientes que a veces sí. Pero lo más importante no son los pequeños detalles anecdóticos que puedan surgir como conflictos entre arquitecto/cliente, ya que esto no es una lucha entre el arquitecto que quiere hacer su casa y el cliente que quiere hacer la suya, acabando siempre en discusión, si hay algún atisbo de que un proyecto pueda terminar así, rechazadlo. Pensad también que a veces es culpa de la inexperiencia del arquitecto el que esto surja, en resumen: resolved el problema del cliente, pero resolvedlo vosotros, arquitectos, aparejadores, ingenieros, profesionales. Y cuando digo que lo resolváis, hacedlo, no dar el siguiente paso en la redacción del proyecto si no estáis seguros de que el diseño es el adecuado. Haceros la pregunta, hacérosla así de clara: ¿es el diseño el adecuado y creo que no puede serlo más?, y algo más ¿se puede optimizar, se pueden estudiar soluciones alternativas que sean más adecuadas?. Hasta que el problema arquitectónico no esté resuelto no pasad a siguiente estadio del diseño.

 

 

4.      INTEGRACIÓN

 

La solución del problema arquitectónico tiene respuestas a preguntas que deben estar correctamente contestadas tanto individualmente como en conjunto. El buen proyecto arquitectónico es el que integra lo adecuado del diseño, el gusto del propietario, el entorno físico, la respuesta a la climatología y su comportamiento ante ella y la época en que se construye.

            Sobre la adecuación de las soluciones arquitectónicas al programa de necesidades así como el desarrollo de éste ya hemos hablado, y ya pues, estamos seguros de haber dado estos pasos eficazmente, pero el proyecto debe responder a otras preguntas, que son básicamente las anteriores.

La arquitectura, con ser una disciplina técnica lo es también artística, es “el arte de construir según los criterios de lo bello”, y, aunque no voy a hablar aquí de la belleza (o al menos más de dos frases), digamos que hay unos cánones de belleza universales y otros individuales. Parece ser que a todo el mundo, incluso a los animales, les gusta la música de Mozart, pero para algunas personas, aún gustándoles, no es su preferida. Esto hay que respetarlo, debiendo haber resuelto el problema hasta aquí sabiendo que la casa, el edificio es del gusto de su propietario. Si es un propietario individual (o una familia) es quizás más fácil saberlo que se va destinado a una institución o empresa, y menos aún si es un edificio público, pero en cualquier caso debemos pensar en ello, y tenerlo en cuenta. No construimos para nosotros, sino para otros, y a ellos les debe gustar el edificio, si no es así no vale, no estamos solucionando el problema en su conjunto, no estamos haciendo arquitectura.

 

 

Respetemos el entorno. Una vez, ante la visión de un moderno edificio cuya fachada era un espejo, alguien me explicó: el encargo contenía la obligación de que el edificio reflejase el entorno. Más allá de utilizar los significados de las palabras anfibológicamente, sepamos lo que esto quiere decir, y no hagamos el mismo edificio en una ciudad nórdica que en una meridional, en el centro que el extrarradio, en un entorno rural que en un entorno urbano, etc. Muchas veces, viendo la arquitectura moderna nos preguntamos cómo es posible que los arquitectos no sepan usar más que los mismos materiales, algunos colocan grandes cristaleras ya sea para un edificio en Manchester o en Trípoli, y esto no es. Sin extenderme más, ya que la idea se desarrolla por sí misma, y es más, se entiende, en esto no ayudará mucho la arquitectura tradicional, ya que es la que ha resuelto este problema a lo largo de tiempo, definiendo, de una forma natural y con la lógica de la función, proporciones, materiales, colores, dimensiones de huecos, sistemas constructivos, etc. No digo que tengamos que copiarla ni imitarla, sino tener en cuenta el mensaje que nos manda, ya que en cada lugar se construye de una manera diferente, según la climatología, los materiales que la naturaleza proporciona, los oficios que mejor conocen los constructores, etc.

            Asimismo el edificio tiene que responder a la época en que se ha construido, además de que los anacronismos en construcción acarrean los problemas típicos de los oficios que se han perdido o materiales inexistentes, y que ya hemos de sufrir en las obras de rehabilitación, que en si mismas son un ejemplo de arquitectura tan singular, que suponen una excepción en esta disertación, por el hecho natural que, sin tener que ir “a la moda”, tenemos que movernos dentro de una tendencia. Otra cosa sería engañar, la arquitectura, nuestra arquitectura nos trasciende en el tiempo, sabemos de otros tiempos fundamentalmente por ella, así que está claro que ningún edificio que haya sido proyectado correctamente en su época se sale de ella, es más, los mejores marcan las tendencias de cada etapa. Ya que he mencionado la palabra moda, quisiera insistir en que no hay nada en contra de la arquitectura que la moda, que no hay que confundir con movimientos o tendencias. Las modas obedecen a las veleidades de los mediocres y que sirven para engrosar los beneficios de los mercaderes, los movimientos son el resultado de devenir de los tiempos, de la aplicación consecuente del pensamiento humano en cada época o del natural desarrollo de la actividad artística e intelectual del hombre. Todo lo que está de moda pasará de moda, todo lo que responde a una intencionalidad apoyada en una causa intelectual será imperecedero.

            Con todo esto, debemos pues situar nuestro proyecto, una vez resuelto el problema arquitectónico, es decir, una vez que es perfectamente adecuado al fin que se persigue, en el tiempo y en el espacio, por las razones que he expuesto, de trascendencia y oportunidad.

 

 

 

5.      ECONOMÍA

 

Es sabido que desde antiguo uno de los grandes problemas de la arquitectura es el económico. Vitrubio nos recuerda en su obra la ley que regía en Éfeso, acerca de la fianza que los arquitectos deban dejar en las obras públicas y el margen de desviación que les estaba permitido sobre la estimación inicial del presupuesto (el veinte por ciento), quejándose de que en Roma no tuviesen una ley similar, ya que a muchos honrados padres de familia que emprendían la tarea de construirse la casa, las frecuentes desviaciones les suponían un quebranto económico del que a veces no podían resarcirse. En este sentido tenemos suficientes testimonios históricos y tanto conocimiento, digamos popular, del asunto que no hace falta insistir mucho en ello. Es proverbial ya que nadie piensa que el presupuesto inicial de una obra sea al definitivo, sin embargo, la experiencia profesional dice dos cosas: en primer lugar que es posible construir un edificio ciñéndose a un presupuesto inicial, no teniendo ninguna desviación, es más, pudiendo rebajarlo, sin desvirtuar ni su diseño, ni su tamaño ni su función; y en segundo lugar, que la preocupación y el conocimiento de los arquitectos españoles (en general) en este tema son nulos, por más que me duela escribir estas palabras.

 

    

        Quiero recordar que un proyecto arquitectónico (en España) se compone de cuatro documentos: Planos, Memoria, Pliego de Condiciones y Presupuesto. Vamos a analizar un proyecto cualquiera, lo tomaremos a azar pero suponemos que es un reflejo estadístico de lo que se hace actualmente en nuestro país, es decir, es un proyecto típico. Empecemos por los planos, ellos representa gráficamente el edificio en todas, o casi todas sus partes, las plantas y los alzados corresponden al edificio, las instalaciones son más o menos en esquema las que hay que ejecutar, la estructura está bien especificada, los detalles arquitectónicos está copiados de otros proyectos o de normas, pero como son extrapolables vamos a decir que son válidos; es decir, los planos nos sirven para construir el edificio. Pasaremos por alto los documentos “literarios”, memoria y pliego, ya que están literalmente copiados de otros proyectos (sobre todo el pliego) pero no los vamos a tener en cuenta, nadie desgraciadamente los mira (salvo la administración en cuanto al cumplimiento de reglamentos y normas), y nos centraremos con el presupuesto: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. El arquitecto y el promotor que lo firman saben que la obra costará mucho más, entonces ¿para qué se hace? ¿Tiene sólo el valor de cubrir el expediente a efectos administrativos? ¿Porqué se cobra este trabajo si es inútil e incluso engañoso? ¿Cuándo sabe el propietario cuánto le costará su casa? ¿Cuándo pida precio a un constructor? ¿Se fiará del presupuesto del constructor o incluso pensará que le saldrá mucho más caro? Ninguna persona “normal” compra algo, normalmente, sin saber antes el precio ¡excepto... su casa!, y esto también le pasa a empresas, promotores, órganos de la administración, que incluso ven triplicados los presupuesto iniciales.

Yo me revelo contra esto, contra esta falta de profesionalidad y contra esta imprevisión, ya que una desviación presupuestaria puede ser la causa de la inviabilidad de un proyecto. En este sentido, no digo más que es obligación, y obligación seria, moral y profesional, del proyectista decir a su cliente cuánto le va a costar la construcción de su casa, y digo más, aquél arquitecto que no se lo diga esta estafando a su cliente. Salvo casos excepcionales que no son significativos, todo cliente quiere (o al menos querría si supiera que esto debe ser así) saber cuánto le va a costar su casa, y nosotros debemos decírselo, nos guste o no. Si hacemos los Planos del edificio que nos piden ¿por qué hacer el presupuesto de otro?

Pero esto no es todo, una vez que hayamos entendido esto y lo hayamos llevado a la práctica, debemos ir más lejos, debemos no desligar el precio de las cosas, el precio del edificio de su propio diseño, de modo que debemos trabajar permanentemente con un predimensionamiento de costes, es decir, en todo momento el cálculo presupuestario del edificio debe estar ligado al diseño del mismo.

Algún día que presumo no muy lejano, esto se comprenderá tanto por el sector público como por el sector privado y todos los que nos dedicamos a construir tendremos que saber ceñirnos a un presupuesto, elaborar ese presupuesto y saber jugar con él al proyectar y al construir. De nada valdrán las excusas de que el verdadero presupuesto lo dirá el constructor, o que depende del constructor, o cosas así. La excelencia en el trabajo estará definida también por la economía del mismo, y dejo para otro momento el seguimiento presupuestario de las obras, ya que, si bien también es arquitectura, me parece un tema tan amplio que baste aquí con apuntarlo, y con saber que también forma parte de nuestras competencias.

 

 

6.      CONSTRUCTIVIDAD.

 

Algunos promotores de obras, ya sean clientes particulares que encargan su casa o empresas públicas o privadas que encargan cualquier tipo de edificio, contratan a un arquitecto o equipo técnico que no ha redactado el proyecto la dirección de la obra. Dicho de otro modo, encargan a un arquitecto un proyecto y a otro la dirección. Bien, en cierto modo son dos trabajos distintos: como en el cine está el guionista y está el director ¿quién es el verdadero autor de la película?, en el cine no hay duda pero en la arquitectura ¿es también quien la dirige? Interesante cuestión, a la que me propongo responder en este punto.

            Voy a decir lo mismo que en párrafo anterior, pero con un punto de ironía: hay clientes que, no contentos con la labor del arquitecto que les ha elaborado el proyecto, y después de habérselo pagado, le “premian” con encargarle a otro la dirección de la obra. ¿Por qué digo que les “premian”?, muy sencillo, porque les evitan un trabajo engorroso y antipático: la dirección de la obra, y además “castigan” a otros a arreglar los fallos que, presumiblemente, tiene el proyecto. En resumen: la arquitectura tiene que esta hecha para ser construida, sino no merece tal nombre.

            Existen proyectos (permitamos de momento este nombre) arquitectónicos que desde que nacieron se sabían sólo dibujados, exposiciones, publicaciones, etc., sobre arquitectura dibujada, pero esto sólo me interesa como anécdota arquitectónica, la única arquitectura es la que se construye, la que se ejecuta, la que es de verdad. Si esto es así ¿por qué hay tantos proyectos que adolecen de constructividad? (llamo constructividad a la cualidad de ser construido, o al menos construido tal como está proyectado), ¿es que los arquitectos se han convertido en meros diseñadores dibujos? Afortunadamente no, y la mayoría saben que el edificio tiene que construirse, y obran en consecuencia.

            En definitiva, lo que quiero señalar en este sexto punto del decálogo es que ya que nuestro edificio se absolutamente adecuado al fin que persigue, integra perfectamente el gusto de la persona o personas a quien va dirigido con el lugar y la época en que se construye, y tiene un presupuesto (en este sentido quiero decir que presupuesto y constructividad van unidos, es decir, cuando queramos computar el presupuesto debemos saber cómo se construye el edificio, por tanto, de una forma implícita, que es posible construirlo) que lo hace viable, tiene que ser posible construirlo, tal como se ha pensado y sin desvirtuar su diseño, y además, no sólo se sabe sino que se indica mediante la documentación del proyecto en el mismo.

     

       El arquitecto pues, no es un decorador (ni más ni menos, es otra cosa, de alguna forma la decoración no tiene que ver nada con la arquitectura, tampoco digo que la desprecie, sino que la ignoro, es una disciplina distinta, aunque aplicada al mismo objeto, dicho esto con todos los respetos para decoradores y arquitectos interioristas, cuyo trabajo considero importante, pero del que no quiero hablar, y por tanto no lo hago, sólo para decir precisamente esto, que la arquitectura no es la decoración, y que no quiero que es confundan nunca estos dos conceptos), ya que su trabajo es el edificio, no sólo el proyecto del edificio, el proyecto sólo, como ya he dicho no es arquitectura aunque forma parte de ella. En este sentido debe proyectar sabiendo que se puede construir, conociendo la construcción o apoyándose en profesionales que la conozcan. Cada elemento, cada objeto, cada unidad de obra, debe poder construirse, y construirse con la lógica propia de esta disciplina, que en sí misma es pura lógica y razón, no habiendo en esto ninguna disciplina humana que la supere. No deben nunca tacharse los proyectos como de tramoya o escenografía, cuando no de decoración. La obra de arquitectura, al ser la obra construida, en algún momento de su proceso debe incorporar en si misma la virtud de la constructividad, sin la cual no existe, y yo digo aquí, que debe incorporarla en el proceso de su diseño, en el propio proyecto, ya que si no es así, una vez que se le incorpore podría hacer que se cambiara algún elemento que, aun cumpliendo las premisas anteriores de optimización, adecuación e integración,  no tuviera constructividad, y por tanto habría que plantearlo desde el principio.

            Forma parte de la constructividad de un edificio, no sólo la virtud, como digo, de que se pueda aplicar la más elemental lógica constructiva siempre que se pueda, sino que además debe trascender en el tiempo, y pensar en el comportamiento de los sistemas constructivos en el tiempo. La arquitectura, salvo excepciones muy concretas, no es ni debe ser efímera, sino que es y debe ser perdurable (yo diría que cuanto más mejor, pero al menos hemos de pensar en un periodo razonablemente largo), y por tanto debemos pensar en que tanto los materiales como los sistemas constructivos que elijamos sean asimismo perdurables. Debemos pensar también en este capítulo en el entretenimiento y mantenimiento del edificio, haciéndolo, no solamente posible lo cual es tan obvio como incierto en algunas ocasiones, sino fácil y poco costoso, cualidades que alargarán la vida de los edificios. Si nos fijamos, las edificaciones que han perdurado a lo largo de la historia por más tiempo, son las que no han necesitado ningún mantenimiento.

            Como última idea sobre la constructividad de un proyecto, quiero decir que muchas veces estamos tentados en dejar las soluciones constructivas para que las soluciones la infinidad de técnicas modernas que el hombre, en los albores del siglo XXI, ha desarrollado, y que como solemos decir “no hay problema que la técnica no pueda solucionar”. Digamos que eso es, cierto pero peligroso. Es preferible solucionar los “problemas” con un buen diseño que con una técnica muy moderna o con materiales muy sofisticados, lo que va a dotar a nuestro proyecto de constructividad, si, pero de una “baja constructividad”, y como toda virtud cuando se tiene en grado bajo, se está muy cerca de perderla. No desdeñemos la constructividad en el diseño, pensando que tenemos sistemas que lo pueden solucionar todo, es mejor el edificio que tiene alta constructividad, o lo que es lo mismo el que es fácilmente construible, en primer lugar, precisamente por eso y en segundo lugar, porque la experiencia enseña, que esté funcionará mejor, durará más y planteará menos problemas.

 

 

7.      DEFINICIÓN

 

Sabemos que nuestro proyecto es no sólo el mejor, sino que además es el más adecuado al fin que lo hizo nacer; sabemos también que su diseño integra todos los elementos necesarios y además le gusta al propietario; sabemos también que el propietario no tendrá ningún problema para soportar los gastos de la construcción y que además esa construcción se puede llevar a la práctica de forma lógica y sin problemas... bien pues si sabemos todo esto ¿por qué no decirlo?, es decir, por que no expresarlo claramente en el documento que al efecto existe para ello: el proyecto de ejecución.

            Alfred Hichcock solía decir que una película estaba terminada cuando lo estaba su guión, y yo digo lo mismo de un proyecto arquitectónico. Sin olvidar lo que he dicho antes acerca de que una obra arquitectónica lo es en cuanto es construida, es más, precisamente por eso, le doy tanta importancia al proyecto, al “guión”. En el proyecto debe estar recogido todo lo necesario para que el edificio se construya, (exceptuando claro está, la tecnología y profesionalidad del constructor), y además debe estar expresado con claridad. Un buen proyecto no debe dejar lugar a la duda o a la interpretación de quien lo ejecuta. No hay nada que el constructor, o el director de la obra agradezca más que una buena definición de un proyecto, en el que se entiendan todos los detalles, en el que los distintos documentos que lo componen no presenten contradicciones, en el que la documentación sea suficiente como para definir el diseño en su totalidad. Cuando esto es así, realmente sólo queda rodar y montar la película, plano a plano, secuencia a secuencia; yo a veces he dicho, ante el asombro que su pone la construcción de un gran edificio para una persona ajena al oficio que no es más que “recortar y pegar”, de hecho hay personas que lo hacen por entretener sus ratos de ocio, como hobby, utilizando recortables o maquetas prefabricadas, que no son más que un proyecto de alta definición, incluso con instrucciones de montaje y las piezas ya preparadas.

 

          Algunas veces, los arquitectos piensan que los problemas que existen en sus obras derivan de la mala organización o falta de profesionalidad del constructor, probablemente sea cierto, pero en muchos casos esa falta de profesionalidad consiste en no “devolver” el proyecto para que lo rehagan entero de a cruz a la raya.

            He construido muchos edificios, he estudiado multitud de proyectos para redactar ofertas económicas para licitarlos, he manejado, por tanto, muchos proyectos, y se que abundan los que están carentes de definición o llenos de errores y contradicciones. Esto, tal como son los usos y costumbres de la construcción en España, lejos de ser un inconveniente para el constructor, es una ventaja, ya que se aplica el refrán que dice “a río revuelto, ganancia de pescadores”, siendo realmente un inconveniente para el promotor (el cliente) y es una de las razones por las que los proyectos se retrasan y encarecen con tanta frecuencia. Pero esto no es sino, abundar en la falta de profesionalidad y la chapuza que inunda la arquitectura en la actualidad, de las que, poco a poco hemos de escapar, y para eso hay que empezar por el principio, es decir, por redactar los proyectos correctamente.

            No cabe duda que el constructor es un factor definitivo en la obra arquitectónica, y por tanto su sello queda, de forma muy ostensible en la misma. Conozco casos en los que el mismo proyecto, del mismo arquitecto, con la misma dirección de obra y con el mismo cliente ha sido ejecutado en distintas ocasiones por distintos contratistas... ¡no parecen el mismo! Esto es sin duda producto de que había el proyecto presentaba carencias o lagunas que el constructor, cómo no, se aprestó a rellenar, amén de las que el sin ninguna duda se inventó.

            Sin embargo hemos de contar, o al menos buscar, con la excelencia de todos los agentes de la arquitectura. Si estamos tratando de buscar un canon que sirva para hacerlo todo, sino perfectamente, lo mejor posible, hemos de pensar que el constructor también lo hará, y de hecho, esto, es algo que se da en la realidad, no tanto como sería deseable, pero se da (yo diría que con tanta frecuencia como se encuentra un buen proyecto), y en esto nos debemos basar. Por tanto, un proyecto definido beneficia a todos, en primer lugar será la garantía de que se comunique al ejecutor material la idea completa de lo que tiene que ejecutar, y por tanto será bueno para él ya que será una ayuda inestimable en su trabajo; en segundo lugar, será un elemento que protegerá los intereses del promotor, minimizando las ocasiones de controversia y por tanto la posibilidad de incrementos presupuestarios injustificados; y para finalizar, beneficiará al resultado: la obra arquitectónica, ya que como “solución del problema”, lo será más cuanto más clara sea la interpretación del mismo.

 

8.      COHERENCIA

 

A partir de este punto, comienza todo lo que se refiere a “cómo” debe ser el diseño, y son tres “pequeños” matices, que no necesariamente se contienen en todo lo que se ha dicho hasta el momento.

            El primero de ellos es la coherencia y, para mi, se explica en si mismo, pero para muchos arquitectos parece que ni existe ni debiera existir, ya que construyen edificios con multitud de partes, sistemas constructivos, formas, etc., cuya única relación entre sí es que están en el mismo edificio, el edificio en este caso se parece más a una ensalada que a un edificio. No, de ninguna manera, esto no puede ser, coherencia significa conexión lógica y racional entre todas las partes del edificio lo que dota al conjunto de armonía. Coherencia significa relación formal entre las distintas partes del edificio, lo que posibilita que sus formas estén proporcionadas y sean correspondientes. Coherencia significa que todo el edificio esté enlazado y conectado, siendo pues el vínculo que proporciona sentido global al conjunto arquitectónico. Coherencia significa la correspondencia natural entre todos los elementos del edificio, que colabora con la belleza y la bondad del mismo.

            Al igual que ninguna creación artística es un cúmulo de distintas partes inconexas. Pensemos en la música, en la pintura, en la poesía, en la literatura, no podremos conseguir un proyecto arquitectónico correcto si no lo dotamos de coherencia, de armonía, y esto no podrá ser si no hemos llegado hasta aquí con las anteriores características resueltas, y, por el contrario, si lo hemos hecho, nos resultará muy fácil dotar al proyecto de coherencia y armonía. Digamos que la coherencia, también es el resultado de un proceso correcto en la creación arquitectónica y en la definición de un proyecto. Así, tendremos en la coherencia una característica más que nos ayudará tanto a conocer mejor la calidad de un proyecto como a poder crearlo mejor.

 

 

9.      RACIONALIDAD

 

Es lo que le da sentido a las cosas, a toda actividad humana, y por supuesto a un proyecto arquitectónico. Si en la vida real no debemos hacer nada “porque sí” mucho menos en la vida profesional, y por tanto cada elemento, cada objeto, cada etapa, cada parte de un proyecto arquitectónico ha de tener una razón de existir y una razón de ser tal como nosotros lo hemos diseñado.

            La racionalidad es la cualidad que determina, por tanto, el sentido que tiene cada parte de un edificio al tiempo que todo el conjunto. La racionalidad tiene fundamentalmente dos facetas: la primera es la que corresponde a la función de cada elemento y la segunda es la perfecta adecuación de su diseño.

            En cuanto a la función de cada elemento, la explicación es sencilla: cada parte debe diseñarse en la forma, color, tamaño, aspecto, material más adecuado para la función a la que se destina, huyendo siempre de los diseños “según gustos”. Cuando alguien responde que este color me gusta más que este otro, yo pregunto (ojo, es simplemente el color) ¿por qué?, si la respuesta es simplemente porque me gusta más, este diseño carece de racionalidad, y por tanto de intencionalidad arquitectónica, siendo, por tanto, reprobable desde el punto de vista de la arquitectura (no así de otras disciplinas mencionadas aquí, como son la decoración, o el diseño). Es por esta razón que los profesionales de la arquitectura debemos conocer los materiales, su comportamiento, resistencia y características físicas, así como el resto de disciplinas que conforma la arquitectura.

 

          

 En cuanto a la adecuación de su diseño, diré lo mismo, debe estar orientado a la función que cumple dentro del conjunto edificatorio. Por tanto no sólo debemos adecuar y optimizar los materiales, si no hasta el más pequeño detalle, no dejando nada al albur de diseño sin sentido o bien a la costumbre. Cualquier parte o elemento de la actividad tectónica, por bien que se sepa ejecutar o por conocida que sea puede ser mejorada.

            Es también racional el diseño o proyección de elementos con objeto de que cumplan funciones estéticas, formales o de puro ornato, siempre que así lo determine la intencionalidad del arquitecto, su estilo, las necesidades del proyecto y otras causas que se justifiquen convenientemente. No debemos, sin embargo, aceptar como “conveniente justificación” una peregrina explicación, si no una reflexión seria del objeto de cada diseño y la real conveniencia del mismo. Como quiera que esto pueda plantear dudas, si es que las tenemos, saldremos de ellas de la siguiente manera: si un elemento arquitectónico nos plantea dudas de su necesidad o conveniencia, quitémoslo y comprobemos si su carencia afecta al conjunto; si es así dejémoslo, si no quitémoslo definitivamente. Si después de este ejercicio, seguimos teniendo dudas, quitémoslo.

            La racionalidad es una de las cualidades más difíciles de apreciar en un edificio, pero es una de las más importantes. La racionalidad debe presidir, también todas las partes y procesos de la creación arquitectónica, a todos los puntos de este decálogo. La racionalidad responde al por qué de la arquitectura.

 

 

10. CREACIÓN.

 

Por último, tendremos en cuenta que   la arquitectura es un arte, y como toda arte debe tener contener en su génesis,  en su concepción y en su esencia el aspecto creativo. Cuestionar lo que es creación, es lo mismo que cuestionar lo que es arte, o lo que la arquitectura tiene de arte. Quizás sea ese el momento de reflexionar sobre este aspecto, no sólo no hay inconveniente, sino que afrontaremos esta cuestión con entusiasmo.

 

     

      La arquitectura es un arte, pero no ya en el sentido de virtud, disposición o habilidad para hacer algo, en este caso para construir edificios, sino en el sentido de que es una manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o lo imaginado con recursos fundamentalmente plásticos. Y es en éste ultimo sentido en el que enmarco la cualidad de la creación, no tanto por la laboriosidad intrínseca que implica una obra arquitectónica sino por la inventiva u originalidad que comporta aportar algo nuevo, propio tanto del genio creador del artista como de la reflexión racional y encauzada del talento.

            En cualquier caso en el que nos encontremos no podremos otorgarle una plena dimensión arquitectónica a una obra que no aporte elementos de originalidad, que sea toda ella una pura copia. El artista es también quien abre caminos, por los que probablemente pasarán otros artistas que sin duda seguirán profundizando o ramificando sus hallazgos en ellos.

 

 

 

[home]    [miscelánea]     [construcción]    [edificación]    [personajes]    [la taberna de la sirena]    [ex corde]   [arriba]